22 de junio de 2012

Se nos suelta la lengua


Este domingo escuchamos el precioso relato del nacimiento de Juan donde sus padres, Zacarías e Isabel, toman un protagonismo especial.

Ya sabemos que Zacarías se quedó mudo cuando le fue anunciado que su esposa iba a dar a luz a un niño y él no lo creyó.

En el evangelio que escuchamos este domingo es donde precisamente Zacarías resuelve su mudez, afirmando y reafirmando el nombre que iba a llevar su hijo, y demostrando así su fe en Dios. La palabra de Dios nos dice que a Zacarías se le soltó la lengua y comenzó a hablar. Y quiero fijarme precisamente en la expresión que utiliza  el evangelista Lucas: “se le soltó la lengua”.

Normalmente decimos que alguien tiene muy suelta la lengua cuando dice malas palabras, cuando insulta a otros o cuando anda con chismes y comentarios negativos  sobre los demás.

Decimos fulanito o fulanita tiene la lengua muy suelta cuando es una persona muy dada a hablar mal, a criticar y desprestigiar con sus palabras al prójimo.

Yo hoy quisiera que se nos soltara la lengua a todos. Sí, sí, que se nos suelte la lengua, pero en el buen sentido; en el sentido que le da el evangelio de hoy. ¡Qué bueno sería que todos tuviéramos la lengua suelta para bendecir a Dios, para bendecir al prójimo, para decir lo bien que hacen otros las cosas, para dar un consejo a quien lo necesite, para decir un piropo, una alabanza, a alguien!

Si todos tuviéramos la lengua suelta en el buen sentido, este mundo funcionaría mucho mejor, las personas se sentirían más realizadas, más felices y alegres, más contentas consigo mismas.
Hermano, hermana, quita el pegamento que retiene tu lengua, y suéltala para hacer el bien. Muchos te lo agradecerán. Seguro.

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